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OJOS HUIDIZOS  

Julio Zenón Flores

 

La depre me pegó al final del día, más bien la noche se había instalado ya a sus anchas, a horcajadas sobre el camellón de la turística avenida que se ve desde el ventanal de mi oficina.

Las luces de mercurio y algunas otras de neón se movían con cierto sigilo y de repente, se confundían con la luz de adentro del moderno edificio de esta vitrina, a modo de oficina, también bautizada por el resto de la tropa como pecera o, en los peores tiempos en que nos mandaban a la chingada silenciosamente -eso de silenciosamente es un decir, porque si bien sus labios están casi cerrados, sus ojos y ademanes gritaban a todo lo alto-, como el área de terapia intensiva, donde estábamos los jefes, los que ya no teníamos remedio. Uno de ellos me lo confesó una vez al calor de unas cervezas en la tiendita de abarrotes de al lado que burlaba cotidianamente a la dirección de Reglamentos vendiendo bebidas con alcohol y ofreciendo ahí una mesita de plástico, con sillas roñosas de la marca de la misma, donde uno se podía echar un tabaco a la boca y beber tranquilamente haciendo tiempo para empezar a corregir las notas de los reporteros, que también hacían tiempo para entregar su material al límite y así ponernos a parir chayotes, darnos así el menor tiempo posible para revisarlos y reclamarles sus errores, casi religiosos, en el uso casi prohibido por ellos mismos del sujeto verbo y predicado, en las oraciones con que hacían sus entradas; pero bueno, uno de ellos una vez me lo dijo directo, es que aunque ahora soy su jefe, hemos sido muchos años compañeros, patas planas, tundeteclas. Ya sabemos que allá adentro -se refería a la sala de juntas del Consejo Editorial- ustedes nos pendejean, pues no nos queda de otra que nosotros acá, pues pendejearlos a ustedes, mentarles la madre despacito, sin que se oiga más allá de donde estamos nosotros.

Parecían ojos las luces, sobre todo las de los carros que pasaban afuera de la oficina. Ojos huidizos, con tristeza, con nostalgia. Como adentro se me agolpaban los muchos fantasmas del recuerdo al llegar al final. Al llegar a la despedida final, la de carlitos, el rugratts, el reportero más joven que llegó a la redacción con aire de seriedad y de intelectual y que al final resultó bastante reventado, pero estudioso; de esa rara avis que somos ahora los lectores de cuentos y novelas, con todas sus ganas al hombro, cuando le dije que tenía que dejar de ser ayudante en aquella oficina de lácteos y venirse a repartir fregadazos conmigo. Yo tenía su examen de un día que vino a pedir empleo, recién egresado de la Escuela de Ciencias de la Comunicación, Ecco, y aunque se le veían faltas ortografía, parecía tener tablas para desempeñar el oficio.

Cuando se fue del periódico me alegré un poco. La presión era tremenda, el trato malo, las condiciones laborales pesadas y no se valoraba la calidad de la gente sino que se les ponía a hacer tabiques y dependejos no se les bajaba. El siempre fue callado, disciplinado, pero su brillo se opacó. Hasta sus notas se veian grises. Yo lo veía pasar cabizbajo, al salir a la calle con sus órdenes de trabajo, sin entusiasmo, como quien va al cadalso y no a la calles a cumplir un deber sagrado, a ejercer el mejor oficio del mundo, a servir de enlace entre la sociedad que demanda y el gobierno que debe escuchar y atender.

Un día se fue y me dio gusto. Se fue a la competencia informativa. Allá las condiciones eran peores, ni siquiera le pagaban a tiempo, salía más tarde que acá, pero un día me dijo algo que me hizo entender porqué aunque en peores condiciones trabajan mejor allá: Es que acá te dan libertad, escribes más notas, sales más tarde, te explotan más, pero es por gusto, no te sientes obligado.

Carlitos se fue aquella vez, pero no se fue de mi porque seguimos siendo amigos. Conservé las fotos que nos tomamos con él y los demás Rugratts, en nuestros tiempos felices.

Ahora se volvió a ir, pero ahora no me dio gusto, ahora si se fue de mi, ahora nos dejó el muy cabrón y esta vez para siempre. Ni siquiera se despidió, simplemente supe un día que estaba en el hospital y pensé en hablarle, pero opté por esperar a que saliera. Apenas salió ayer, pero ya no le puedo hablar, más bien si, le puedo hablar, pero el ya no me puede contestar. Está ahí, metido en esa caja callado como siempre, callado, para siempre.

Por eso decía que hoy es día de despedidas. Hoy le digo adiós a carlitos, como a los carros que pasan por la calles atrás del cristal de mi oficina, que no sé a dónde van, ni si volverán alguna vez. Con sus luces como ojos de humanos, tristes, huidizos. Ojos que se van y dejan a los amigos.

 


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