JULIO ZENON FLORES
La situación en la
Sierra Madre del Sur, es muy grave y el gobierno estatal como el federal no le
han dado la dimensión que implica un conflicto que pone en riesgo decenas o
cientos de vidas humanas de guerrerenses. Por lo que está ocurriendo allá, de
lo que ha informado oportunamente Enfoque Informativo Guerrero Diario, en una
democracia europea o sudamericana, ya se estaría juzgando por omisión al
gobierno estatal, bajo el cargo de genocidio, pero en Guerrero las cosas son
diferentes.
De lo que ocurre,
hace un análisis preciso el periodista freelancer Antonio Rivera, por lo cual
reproducimos íntegra su columna.
Bajo Fuego
Sierra Madre
José Antonio Rivera Rosales
Admitan su responsabilidad o no, el destino
de unas diez mil familias que habitan en la cresta de la Sierra Madre está en
manos de los gobiernos federal y estatal.
La parte alta de la sierra, conocida como
Filo Mayor, es una región olvidada por los programas sociales de la federación
o del estado. Tan así, que en muchos de esos pueblos dispersos por la fría y
abrupta cordillera se alumbran con velas, como en el siglo pasado, sin fecha
posible para que ingresen los beneficios de la electrificación ni de la telefonía,
ya no se diga la educación -cuentan con escuelas pero carecen de maestros-, o
la construcción de carreteras.
Aunque el gobierno del estado anunció su
propósito de declarar a la sierra como octava región económica con el fin de
generar un espacio legal para la asignación de recursos presupuestales, sus
habitantes observan con desaliento la lentitud de las obras que podrían
potenciar la microeconomía, como ocurrió con la carretera del Filo Mayor, que
comenzó a construirse en el sexenio del extinto José Francisco Ruiz Massieu,
pero es la hora en que no ha sido terminada ni ha recibido mantenimiento
alguno. Ya pasaron más de 20 años.
El caso es que a estas alturas del tercer
milenio, decenas de comunidades se iluminan por la noche con la luz de velas,
se comunican entre ellas mediante radios de onda corta y sus viviendas, en una
inmensa mayoría, son de madera. Los tiene postrados el frío intenso y la
pobreza.
Para colmo, sus habitantes viven
aterrorizados.
Por la noche, grupos organizados de pobladores
velan armas en espera de una anunciada incursión del grupo armado que desde
mediados del año pasado ha causado desplazamientos de pueblos enteros, a los
que ha depredado de una forma brutal.
Es un grupo extraño: deambula por las partes
altas, se mueve de noche, a pie, como columna guerrillera, porta armamento de
guerra y viste uniforme de camuflaje. Los pueblos de la parte alta los han
estado monitoreando y han llegado a contarlos: se trata de una fuerza de entre
400 y 500 hombres fuertemente armados que se dedican a depredar a la población.
El ataque del viernes 21 de febrero contra
la comunidad de Lindavista, jurisdicción de San Miguel Totolapan -región de
donde huyeron comunidades enteras en agosto pasado- los terminó de convencer:
los siguientes serían ellos.
Así que se organizaron en brigadas de
autodefensa para hacer frente a la terrible amenaza que significa esa fuerza
que, hasta donde han escuchado por mensajes captados en los radios de onda
corta, es un brazo armado de la Familia Michoacana.
Los habitantes, incluidas las 700 familias
que integran la reconocida cooperativa maderera del ejido El Balcón, se
agruparon en un Consejo de Pueblos de la Parte Alta de la Sierra de Guerrero y,
haciendo gala de entereza, comenzaron a velar por las noches armados con lo que
pueden. En el gélido clima de las montañas se percibe un ambiente de preguerra.
Es por eso que convocaron a un grupo de
periodistas que hicieran saber al país lo que sucede en las montañas del sur,
donde un enfrentamiento de los pobladores contra esa fuerza invasiva y
depredadora pareciera inminente.
En este escenario de previsible conflicto
armado, la ventaja de los pueblos es que conocen el terreno y ello les sirve
para vigilar los movimientos del grupo armado que, según han escuchado por la
radio, está encabezado por un sujeto al que apodan El Pez,
quien ha sido
identificado por servicios de inteligencia como Juan Hurtado Olascoaga.
En ocasión del ataque contra Lindavista, los
pobladores escucharon las comunicaciones radiales de los agresores, quienes
pedían obviamente en clave: “Se nos acabó el agua, traigan la pipa”. Según han
interpretado los habitantes, cuando pedían una pipa de agua los agresores
probablemente se referían a abastecimiento de municiones, dado que habían
quemado muchos cartuchos durante el ataque, que de acuerdo con testimonios duró
más de nueve horas.
Cuando al día siguiente ingresó personal
militar y policiaco a la zona, escucharon también instrucciones radiales que
recibían los armados en el sentido de confrontar a los militares si los
perseguían. En apariencia, se trataría de una fuerza beligerante capaz de
confrontarse con el personal militar.
En el particular lenguaje de los serranos,
esta acometida de los agresores fue para “castigar” a la comunidad donde el
domingo 23 se llevaría a cabo una gran asamblea de pueblos en los que se
organizaría la defensa contra el grupo armado. Ante la irrupción, los acuerdos
se tomaron en otra comunidad, pero ahora con mayor ímpetu.
El caso es que, a diferencia de los poblados
de la parte media de la sierra que se ubica en la jurisdicción de la llamada
Tierra Caliente, los habitantes del Filo Mayor ya están decididos a presentar
batalla en un probable enfrentamiento en el que la ventaja logística la tendría
el grupo agresor que cuenta, según todos los indicios, con alguna forma de
abastecimiento inexplicable dada la agreste geografía.
Algunos habitantes han visto camionetas todo
terreno que al parecer son las encargadas de aportar los suministros, lo que
mueve a sospecha en el sentido de que alguna autoridad pudiera estar implicada
con este grupo que utiliza tácticas de guerra irregular.
El caso es grave y el peligro inminente para
las comunidades, que enviaron un mensaje desesperado al gobierno federal para
que intervenga en este complejo cuadro en el que, dada la actitud resuelta de
las dirigencias campesinas de la parte alta, se vislumbra un alto nivel de
riesgo de confrontación armada.
Un caso parecido vivieron entre 2011 y 2012
comunidades de la parte media en la vertiente costera de la Sierra Madre del
Sur, entre los municipios de Petatlán, Tecpan y Atoyac, que fueron hostigados
en este caso por los llamados Caballeros Templarios, quienes avanzaron por la parte alta desde Coahuayutla
hasta llegar a Coyuca de Benítez, donde se han acantonado. Por el interior,
hicieron lo propio los contingentes de la Familia Michoacana a partir de 2012 y
2013.
Si lo vemos a la distancia, pareciera que
dos grupos que emergieron de la misma matriz han desplegado una operación
quirúrgica por ambas vertientes de la cordillera, hostigando a la población
rural que, en muchas ocasiones, optó por abandonar sus parcelas antes que
someterse al neo esclavismo que significan estos grupos armados.
Se trataría de un fenómeno de
narcoinsurgencia que sólo el gobierno ha sido incapaz de descubrir. El costo
social, si no se atiende una problemática tan compleja, será muy alto para la
comunidad guerrerense. Esperemos que esto no llegue a ocurrir.
trasfondoinf@hotmail.com

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