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Guerrero: los maestros que no se rinden

Hoy no es un día de fiesta. No al menos para miles de maestros guerrerenses que, lejos de celebrar con flores y aplausos, marchan, bloquean, paran labores y gritan en las calles lo que los gobiernos han sido incapaces —o se han negado— a escuchar desde hace años: que la dignidad del magisterio no es negociable.
Mientras los discursos oficiales reparten elogios desde cómodos atriles, en Guerrero se vive otra realidad. La de un gremio harto de promesas rotas, de reformas que les recortan derechos con la tijera neoliberal, y de autoridades que sólo reaccionan cuando hay presión callejera. Hoy, 15 de mayo, Día del Maestro, la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación en Guerrero (CETEG) y la Sección XIV del SNTE están en paro. No es la primera vez. Tampoco será la última, si las condiciones siguen igual.
Este año, las protestas se han intensificado. En enero, normalistas cerraron oficinas educativas exigiendo plazas. En marzo, la CETEG paralizó parcialmente la Costera Miguel Alemán. Y en mayo, más de un millón de estudiantes guerrerenses quedaron sin clases por un paro que abarca las ocho regiones del estado. Hoy, además, maestros de Guerrero se suman al paro nacional indefinido convocado por la CNTE, en una megamarcha que también sacude la Ciudad de México.
No es capricho. La lista de agravios es larga: desde la reforma al ISSSTE de 2007 que les cercenó una jubilación digna, hasta el atraso en pagos, la falta de basificaciones y la mísera evolución de sus salarios. ¿Cuántas veces hay que gritar lo mismo para que escuchen?
El año pasado, tras varios días de bloqueos y plantones, el magisterio logró un aumento del 13%. No es despreciable, pero tampoco resuelve lo fundamental: la precariedad estructural que viven miles de docentes, sobre todo en las zonas más pobres y marginadas del país. Guerrero, dicho sea de paso, encabeza muchos de esos rezagos.
Eso sí: los logros no han llegado por buena voluntad de los gobiernos, sino por la lucha sostenida y la organización firme. Por cada centavo conseguido, hubo una calle tomada, una escuela cerrada, un maestro golpeado por los granaderos o vilipendiado en los noticieros del régimen.
La narrativa oficial, esa que se gesta desde Palacio Nacional o las oficinas de los gobiernos estatales, suele presentar a los maestros disidentes como revoltosos, saboteadores del sistema. Pero la historia, esa que se escribe con tiza y sudor en los salones de clases improvisados bajo lámina o en escuelas que aún no se reconstruyen tras los sismos y huracanes, dice otra cosa: que el verdadero sabotaje es desmantelar los derechos laborales y abandonar la educación pública a su suerte.
Hoy, el magisterio guerrerense no tiene mucho que celebrar. Pero tiene mucho que enseñar. Y lo sigue haciendo, aún desde la trinchera más difícil: la del que exige y resiste. Porque en Guerrero —como en otras geografías olvidadas— ser maestro no es sólo una profesión. Es un acto de rebeldía.


xxx Editado por JULIO ZENÓN FLORES SALGADO.- Comunicólogo, especializado en periodismo político www.facebook.com/trasfondoinformativo, Youtube@JulioZenonFlores, Twitter@trasfondoin, e mal: zenon71@hotmail, Whatsapp 7441054888

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