Tras las huellas de Ankor
Por Julio Zenón Flores
El tigre de bengala Ankor tenía cuatro años cumplidos hace
exactamente dos semanas y un día, cuando decidió escapar de su cautiverio, en
un hotel boutique denominado El Paraíso de los manglares, que se localiza a
unos cuatro kilómetros de los límites de Acapulco y el municipio de Coyuca de
Benítez.
Su fuga era cosa de tiempo, concluyen en sus comentarios
inspectores de Profepa y de Protección Civil que lo conocieron de cachorro,
cuando llegó a ese sitio, acompañado de otros tres felinos salvajes, procedente
de Puebla, aún cuando el propietario de Paraíso de los manglares carecía de
permiso para el manejo de esas especies, pues si bien cuenta con una Unidad de
Manejo Ambiental (UMA) autorizada por la Secretaría del Medio Ambiente y
Recursos Naturales (Semarnat), sólo era para tener en su terreno cocodrilos y
tortugas.
Los inspectores explican que le dieron tiempo al propietario
para que tramitara los permisos pertinentes y construyera un espacio adecuado
para la vida en cautiverio del tigre de bengala, sin embargo, hasta el día que
escapó, no se habían cumplido los requisitos mínimos, en especial, falló en
algo que llevó a que el felino escapara: no tenía una jaula adecuada, pues
estaba confinado a un cercado de malla ciclónica sin ningún obstáculo en la
parte superior, o que hacía prever que podría escalar y salir, como lo
finalmente lo hizo.
Y si lo hizo, explican en comentarios entre ellos, es porque
debió tener hambre, mucha hambre.
Ankor huyó y se fue a refugiar en un paraje más o menos selvático y pantanoso,
poblado con manglares, que colinda con la laguna de Coyuca o de Pie de la
Cuesta y con la carretera federal Acapulco-Zihuatanejo.
Algunos ganaderos se han quejado de la desaparición de al
menos cinco becerros y un buey que no encuentran desde hace dos días.
Los empresarios, dueños del hotel y del animal, han
propalado la idea de que habría muerto a manos de un ganadero enfadado porque
le mató dos vacas, pero el director de Protección Civil Municipal, Víctor
Manuel Heredia de los Santos y el inspector de Profepa, Zenón Alvarado, niegan
terminantemente la versión.
El paraje luce semiabandonado, pero en el barro aún se
pueden ver sus fuertes pisadas, sus garras marcadas, y en la parte más
profunda, que fue recorrida este martes por este medio informativo, hay también
los restos de un animal, como de un becerro, prácticamente devorados, los
huesos se aprecian como si hace poco hubieran sido comidos, y causa alarma que
cerca del lugar de las huellas del tigre, también se aprecian las pisadas
descalzas de un niño.
Hasta ayer las autoridades no colocaban ninguna restricción
en la zona y sin embargo, Profepa cree que el tigre se está moviendo del
territorio original, que se acercará a los ranchos donde hay ganado y que al
paso de los días en libertad, se irá asalvajando más.
Consideran sin embargo que difícilmente atacará a un humano,
pues convivía con ellos y que sus presas serán piezas de ganado menor.
De todos modos, durante el recorrido, los seis trabajadores
de protección civil no se apartan del grupo y piden a os reporteros mantenerse
cerca. Los inspectores caminan con cuidado, entre una nube de moscos y cuatro
policías portan armas largas con cartucho cortado.
No lo quieren lastimar, dicen, pero si no hay de otra…
Un ganadera de una huerta cercana dice que lo vio rodear
entre la selva y arrastrar un becerro de un año de nacido aproximadamente.
Las autoridades ya preparan medidas de mayor seguridad. Solo
la ex diputada Karen Castrejón, sin ninguna experiencia en el medio ambiente y
actual titular de la Semaren, no sabe ni qué hacer, ni se ha parado en el
lugar. Ella sigue en Acapulco, en su cómoda oficina de aire acondicionado.
En tanto, el tigre, que mide entre 2 y 3 metros de largo, de
pelo rojizo y unos 200 kilos de peso, sigue rondando la zona.


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